Otro cuento del entrañable Dolina

La señorita Claudia le pregunta a Ferro:

— ¿Quién fundó la ciudad de Asunción? Ferro lo ignora y lo confiesa. La maestra intenta por otros rumbos.

— Tissot.

— No sé, señorita.

— Rossi.

Silencio. El ambiente se pone pesado porque quizá la señorita Claudia enseñó aquello el día anterior.

— Maldonado.

Nada. Claudia frunce el ceño y ensaya unos reproches generales. Frezza, el tano Frezza, lo sabe de algún modo misterioso. Es extraño el camino que siguen las nociones: suelen alojarse donde menos se piensa.

— Núñez. López. Dall’asta.

Tampoco. Frezza espera, sobrador, sin levantar la mano. Cosa de manyaorejas, piensa.
La señorita Claudia se dirige a las niñas y pronuncia el nombre amado. Frezza está muy lejos para soplar y la morocha que lo enloquece no puede contestar. De pronto, la maestra lo mira.

— Frezza.

Y el niño taura, que tal vez necesita anotarse un poroto, se levanta, mira hacia el banco de la morocha y dice casi triunfal:

— No lo sé.

Si es que nadie lo sabe, estará bien no saberlo. Frezza se sienta y se oye entonces, como en una horrible blasfemia, la voz de Campos, injuriosa:

— ¡Juan de Salazar!

Pasaron los años. La morocha no conoció el amor de Frezza ni tampoco su gesto elegante y generoso.

Si alguien califica estas lecciones en alguna libreta celeste, Frezza tendrá un nueve. Y si ni siquiera existe esa libreta, entonces tendrá un diez.

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